El Cambio

—No, no era así. ¿Vos no te acordás, Ezequiel? ¿No cierto?

—No, papi. No me acuerdo.

—No, vos no habías nacido, ¿cómo te vas a acordar? Pero cuando yo era chico íbamos volando a la casa de la tía Elsa. De Paraná a Crespo era una cosa de minutos. Me acuerdo el viento silbando, las luces de la ciudad como chispas bajo mis pies desapareciendo atrás, y la casa de la tía Elsa creciendo entre los árboles en cuestión de segundos.

—¡Guau, eso es nuevo! ¿Tu familia viene de Crespo?

—Antes de mudarnos a Paraná vivíamos en el campo, cerca de Crespo. En un arroyo cerca de la casa había una colonia de haditas. Siempre íbamos a jugar allá. Unos ángeles eran amigos de papi y venían todos los fines de semana a casa. Hacían el asado. Los ángeles hablan sin mover la boca. ¿Sabías? Con el pensamiento. El que se encargaba de la parrilla se llamaba Ariel, tenía un facón hermoso. Todo labrado estaba. ¡Era todo tan lindo! No tengo palabras para contar lo bien que se sentía.

—¿Tomaste las pastillas,papi? Te hacen hablar cosas raras… ¿Me estás diciendo que la faca que tenés bajo el colchón es de un ángel?

—Sí. De Ariel.

—Debe valer un montón. ¿Y vos se la robaste? ¡Jajaja!

—No, pelotudo. Tu abuela me la dio. No sé por que ella la tenía. O capás que sí sé porque se la dejó.

—¿Y por qué nunca contaste nada de esto?

—Es que no se puede hablar de esas cosas. Porque te hacen desaparecer. O quizás son las pastillas que me hacen hablar cosas raras, como vos decís.

—Bueno, viejo, no te enojés. Era un chiste nomás.

—Antes no eran cosas raras. Eso vino después. Cuando esa sensación, ese éter de perfección, se cambió por este de incertidumbre y mierda, que no se fue más. No sé qué pasó, algo cambió. Un día fuimos a la casa del campo y nos encerramos. Estuvimos meses sin salir. Una tarde llegaron los ángeles a buscarlo a papi. Se fue con ellos y nunca más volvió. Cuando volvimos a salir de la casa mami nos prohibió volar o hablar de los amigos que no eran humanos. Salimos y ya no había hadas ni duendes. Cuando volvimos a Paraná hablaban de ciencia, psicología y no sé cuanta otra verdura. Si hablábamos de cómo era el mundo antes… antes: unos meses antes, te miraban asustados, como a un loco, o te amenazaban redondamente con encerrarte o algo peor. Lo mismo con los que poco antes volábamos cazando pequeños espíritus de luz, de pronto te clavaban la mirada de… de: el que quiere entender que entienda. Enseguida empezaron a traer radios, televisores que propagaban la mentira de la historia y las ciencias. Y autos para transportarnos, claro, como habían prohibido volar… Yo no entendía nada y hablamos con algunos gurises de lo que pasaba, pero siempre había uno que se hacía el que no se acordaba y nos mandaba al frente. Una vez el turquito Abddo le contó a la maestra lo que hablábamos en secreto. Vino la señorita López a ponerme los puntos sobre las íes y yo, que no podía quedarme callado, le canté las cuarenta. Para mostrarles a todos que yo mentía, llamó dos hombres escorpión que caminando por las paredes vinieron a buscarme. Todos los gurises dispararon, a los gritos, para cualquier lado. Me encerraron en el sótano de la escuela. El sótano era gigante, oscuro: una boca de lobo, olía a caca de murciélago y polvo. No sé cuántos días estuve encerrado, pero fueron muchos. Todo el tiempo tenía la sensación de que había otros ahí, en la oscuridad, esperando, pero no hablaban. En un momento de la noche se escucharon gritos afuera. La puerta se abrió y tu abuela entró; salvadora, con las alas extendidas más brillantes y hermosas que nunca, el facón de Ariel sangraba en su mano. Fui corriendo a abrazarla. Escuché a los otros, que corrieron conmigo para salir. Mami levantó el facón que brilló en lo alto. Docenas de monstruos, hasta donde la luz alcanzaba y más: hombres-cangrejo, centauros, un dragón de metal oxidado y fuego oscuro. Querían salir a toda costa, pero la luz angelical los encandilaba. Salimos con Mami y los dejamos encerrados a todos. Al pie de la escalera había restos de cosas en descomposición. Afuera de la escuela yo no podía sacar las alas, no me acordaba cómo. Pero al final pude y volamos a la casa del campo. Esa fue la última vez que volé. De nuevo nos quedamos ahí un tiempo. Después regresamos a Paraná, Mami me cambió de escuela, a Las Heras. Nunca volví a hablar del tema. Preferí creer que todo había sido un sueño, pero soy re mal mentiroso y no me puedo engañar a mí mismo, como hace otra gente.

—¿Y vos decís que la ciencia, la evolución y todo eso, es todo mentira? ¿La tierra es plana?

—¿Vos me estás tomando el pelo? ¿Me estás comparando con esos ignorantes?

—No, Papi, pero no es fácil dejar de creer en lo que fue una verdad de toda la vida.

—Claro que es redonda la tierra… Yo mismo la vi. Mi primo Raúl era un demente y mientras nosotros volábamos lejos el volaba alto. Y alguna vez fuimos re, re alto. Y la tierra era azul y una pelota. Pero allá arriba está el cielo. Los ángeles viven allá. Eso de las estrellas: bolas de gases incandescentes y bla bla, es todo mentira. Las estrellas son los ángeles.

—¡Ah! ¿Sí? Y ¿están durmiendo que no se mueven?

—No. Lo que pasa es que el tiempo allá arriba y acá corren de otra forma. Nosotros vemos un instante. Como una foto de…

—¿Y los fósiles de dinosaurios? Para eso se necesitan millones de años. ¿Por qué mienten? ¿Quiénes mienten?

—Claro que mienten. ¡Qué me vienen con dinosaurios y edades de hielo! Nosotros jugábamos con dinosaurios de gurises. ¡Qué millones de años ni qué ocho cuartos! Cambian todo, mienten hasta doblar las vigas, hasta que la realidad se doble. Esa es su especialidad. La de los que mandan el mundo hoy. Los que hicieron el cambio. Los que cambiaron el pasado.

—Tranquilizate, Pa.

—¿Tranquilizate? ¿Qué: tranquilizate? Ya me cansé de callarme. Que venga la señora López a castigarme. ¡Ah! Cierto que se murió. También eso vino desde el cambio. La gente muere, sin más.

—¡Ah! O sea que ¿Antes la gente no se moría?

—Pero vos sos pelotudo. Se nota que sos hijo mío. ¿Vos no entendés lo que se te dice? Te estoy diciendo que tu mundo no tiene miles, no tiene millones de años, tu mundo no tiene ni sesenta años, nene. Nadie me lo contó, yo me lo acuerdo.

Todos los viejos lo saben y nadie dice una palabra por miedo. Claro que por miedo. Preguntale a la vieja Coronado del almacén. Ella no tiene miedo y la pobre ahora no tiene familia por la que tener miedo. Pero preguntáselo con tranquilidad, cuando estén solos. Ella te va a contar.

—Bueno, Papi, yo voy a preguntárselo. Pero ahora es tarde y tenés que descansar.

Me costó, pero al final pude convencerlo de que tenía que dormir. Lo acompañé a su cuarto en el primer piso y por fin pude acostarme y leer algo antes de irme a dormir yo. Esa madrugada me despertaron unos ruidos en el piso de arriba. Y entonces mi viejo gritó varias veces. Subí corriendo las escaleras y entré en la pieza. Papi se agarraba el pecho y en la otra mano tenía el facón de Ariel ensangrentado. Papi miraba con los ojos fuera de las cuencas hacia el otro lado de la pieza. Yo estaba paralizado del miedo. No se veía nada en la oscuridad, pero una sombra gigante se movió en la pared. Agarré la daga y grité:

—Salí. Mostrate. Ya llamé a la policía.

No hubo más que silencio. Me acerqué a la puerta y prendí la luz. Algo parecido a un hombre estaba adherido a la pared. Me costaba aceptar lo que veían mis ojos: esa cosa tenía una cola de alacrán. Sangraba, luego empezaron a caerse pedazos de eso y al final cayó. Lentamente me acerqué y vi cómo se descomponía ante mis ojos. Volví con el viejo, no respiraba, no tenía pulso. Tenía un agujero en el pecho. Una picadura. Lo cargué en mis brazos para ir al auto. Cuando encaré la puerta había dos hombres escorpión del otro lado. Las piernas se me aflojaron y me caí al piso. Lagrimeé del terror. La piel de esas cosas era una armadura negra, tenían muchos ojos rojos repartidos por la cabeza y dos quelíceros enormes. Me miraron unos segundos eternos y despacio se desvanecieron en la oscuridad.

Llevé a mi papá al hospital, pero no pudieron hacer nada. Paro cardiaco, dijeron.

Unos días después, en el entierro, aparecieron dos hombres desconocidos de gabardina: Me vigilan. Saben lo que hablo y con quien lo hablo.

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